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domingo, 21 de febrero de 2016

La Idea

Estaba sentado en el sofá mirando desde la puerta de la terraza, rigurosamente cerrada, como iba apagándose el día. Escuchaba al mismo tiempo mi propia respiración acatarrada, con ese sibilo de hombre enfermo y viejuno. El aire ahí fuera era muy terso y limpio pero algo ya venía atormentándome desde esa misma mañana, entre los brebajes que tenía que tomar y los pensamientos positivos de auto sanación que quería que se me grabaran a fuego en el cerebro para no estar constantemente repitiéndolos. La idea, sí La Idea de que todo aquí ha acabado, de que nada ni nadie me está esperando,de que ya es tiempo de marchar, de que se ha agotado el tiempo para mi en esta ciudad y que no tengo nada más que hacer ni que decir, me llenó repentinamente de una profunda tristeza, miseria y nostalgia en toda su vertiente certera y acertada. Se me escapó una lagrima de dolor, miedo y terror aunque en su faceta esperanzadora, viéndome catapultado en la Sotonera a contemplar una puesta de sol de pleno verano: una cálida, cariñosa y acogedora tranquilidad.
 Esa convicción permanece todavía muy vivida bajo mi piel hoy, y una canción: